Los malos alumnos de Darwin

Abril 12, 2007

Como cada cierto tiempo hay que recordar cómo funciona el razonamiento, y cómo NO funciona, y teniendo en cuenta que a raíz de unas declaraciones del Papa Benedicto XVI sobre el hecho de que la teoría de la evolución, es, eso, una teoría, y no un hecho, pues ahí va un link a unas declaraciones del Cardenal Schonborn de Viena. Y no porque las diga él, o las diga un cardenal, sino porque expresan mi pensamiento al respecto.

http://es.catholic.net/laiglesiahoy/mundoarticulo.phtml?consecutivo=93755

Cuando estudiaba la carrera de filosofía me leí un libro bastante explicativo acerca de lo que es una teoría científica, y sobre los procedimientos científicos en general. Es de Allan J.Chalmers, y se titula “¿Qué es esa cosa llamada ciencia?”. Lo digo más que nada porque así distinguirán mejor lo que es ciencia y lo que no es, más allá de Interesadas Declaraciones, más cerca de un espíritu irracional nietzscheano que no de un razonamiento ponderado.


Chesterton contra el evolucionismo social

Enero 13, 2007

    “….a menos que tengamos alguna doctrina sobre la divinidad del hombre, cualquier abuso podrá perdonarse, ya que la evolución puede hacer que resulte útil. Es fácil para el plutócrata científico mantener que la humanidad podrá adaptarse a cualquier condición que ahora consideremos mala. Los antiguos tiranos invocaban el pasado; los nuevos tiranos nos dirán que la evolución ha producido el caracol y el buho: la evolución puede producir un trabajador que no requiera más espacio que un caracol y no más luz que un buho……La cabeza puede ser golpeada hasta que se adapte al sombrero. No le quiten las cadenas al esclavo, golpeen al esclavo hasta que  olvide  las cadenas.”

Extracto del libro. “Lo que está mal en el mundo”, del citado G.K.Chesterton . Ciudadela Libros. Madrid.

Altamente recomendable.


El restablecimiento de la filosofia ¿porqué?(2) G.K.Chesterton

Noviembre 22, 2006

Cuando un hombre tiene todo esto en la cabeza y ni siquiera trata de clasificarlo, por consentimiento y aclamación unánime se lo llama un hombre práctico. Pero no es esperable que un hombre práctico enmiende la confusión impracticable, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas. Por algún extraño motivo, se suele decir que este tipo de hombre práctico “conoce sus propias ideas”. Obviamente, eso es lo que no conoce. En unos pocos y afortunados casos, probablemente sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un niño de dos años; pero ni aun entonces sabe para qué lo quiere. Y es el cómo y el porqué los que deben ser considerados cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición se ha llegado a ver en un embrollo. Lo que necesitamos, como lo comprendieron los antiguos, no es un político que sea a la vez hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo. Pido perdón por la palabra “rey”, que no es necesaria estrictamente, pero sugiero que sería una de las funciones del filósofo detenerse en tales palabras y determinar su importancia y su falta de importancia. La República romana y todas sus ciudades, hasta su fin, tuvieron horror a la palabra “rey”. Como consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra “emperador”. Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra “rey”, que entonces reapareció con la calificación especial de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Puerto y otros similares monarcas, hechos de similares materiales. La tarea del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar la distinción, pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra “rey” que le disgusta a él y a los otros. Si lo que le disgusta es que un hombre use la piel manchada de un animal llamado arminio, o que un clérigo le coloque a un hombre un aro de metal en la cabeza, actuará de un modo; si lo que le disgusta es que un hombre tenga poderes vastos e irresponsables sobre otros hombres, puede decidir de otra manera. Si lo que le disgusta es que la piel o tales poderes pasen de padre a hijo, deberá averiguar si esto ocurre actualmente en el mundo del comercio. Pero, de todas maneras, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no solamente por la manera en que suena una sílaba o como lucen las tres letras que comienzan con “R”. La filosofía es sólo el pensamiento que ha sido pensado. A menudo, es muy tediosa. Pero el hombre no tiene alternativa, excepto sufrir la influencia de pensamientos que han sido pensados y no sufrir la influencia de pensamientos que no han sido pensados. A esto llamamos comúnmente cultura y civilización. Pero el hombre siempre sufre la influencia de pensamientos de alguna clase, los propios o los de algún otro hombre; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados desde leyendas explotadas o rumores no verificados; pero siempre hay algo como la sombra de un sistema de valores y una razón de prelación. El hombre siempre examina todo a través de algo. La cuestión aquí es saber si alguien examinó, alguna vez, el examen.

Continuará.


“El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?(1)”G.K.Chesterton

Noviembre 19, 2006

La mejor razón para un resurgimiento de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas, ciertamente, horribles. Será práctico, progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras. Así, derribado por sucesivos golpes de ciega estupidez y destino fortuito, andará a los tumbos hasta su miserable muerte, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que antes catalogué. Todo esto no es más que un simple sustituto para los pensamientos. En algunos casos, son los apéndices y los extremos de los pensamientos de otro. Esto significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo tendrá los restos usados de la filosofía de otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de allí su felicidad. Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: una filosofía completa y consciente o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo, desacreditada. Esos pedacitos son las frases ya citadas: eficacia, evolución, etc. La idea de ser “práctico”, así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sustentarse. Es imposible ser práctico sin ser pragmático. ¿Qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre práctico que encontrásemos y le dijéramos al pobre: “Dónde está tu pragma”? Hacer el trabajo más cercano es una tontería evidente; sin embargo, se la ha repetido en muchos lugares. En nueve de cada diez casos, significaría realizar el trabajo para el cual estamos menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al vigilante en la cabeza. “Hechos, no palabras” guarda en sí mismo un ejemplo excelente de “Palabras, no pensamientos”. Es un hecho arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un prisionero a la horca. Mas, realmente, existen palabras muy fútiles; y esta especie de filosofía periodística y ciencia popular está formada casi enteramente por ellas. Algunos temen que la filosofía los aturda o aburra, porque creen no solamente que es una retahíla de largas palabras, sino que es una maraña de complicadas ideas. A esas personas se les escapa el punto importante de la situación moderna. Ésos son exactamente los males que todavía existen principalmente por falta de una filosofía. Los políticos y los periódicos siempre están usando largas palabras. No es un consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales están complicadas por encima de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los hombres modernos no pueden.

En nuestros días, las cosas más prácticas, tales como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos resignamos a tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas. El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique. Sé que estas palabras podrán recibirse con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es el momento para las tonterías y las paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que se haga presente y aclare el barullo. Y sin duda, aparecerá un hombre práctico; y sin duda, irá y sacará unos cuantos millones para sí y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los otros hombres prácticos. La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona, un tanto burda e inconsciente, siempre agrega a la confusión; porque ella misma tiene dos o tres diferentes motivos al mismo tiempo y no distingue entre ellos. Enredados en su mente, sin esperanza, un hombre tiene: primero, un deseo intenso y humano por el dinero; segundo, un deseo un tanto pedante y superficial de progreso o de marchar al ritmo del mundo; tercero, un profundo disgusto porque lo crean demasiado viejo para estar a la altura de la gente joven; cuarto, un cierto patriotismo o espíritu público, vago mas ge-nuino; quinto, un concepto falso de un error cometido por H. G. Wells, en forma de un libro sobre la evolución.

Continuará.


Sobre la lectura(y 2). G.K.Chesterton

Octubre 29, 2006

Tomaré otro ejemplo: Bernard Shaw, en su sorprendente y sincera obra de teatro llamada Mayor Bárbara, arroja uno de sus desafíos verbales más violentos a la moral proverbial. La gente dice: “La pobreza no es un crimen.” “Sí -dice Bernard Shaw-, la pobreza es un crimen y la madre de los crímenes. Es un crimen ser pobre cuando es posible rebelarse o enriquecerse. Ser pobre significa ser pobre de espíritu, servil o falso”. Shaw muestra señales de querer concentrarse en esta doctrina, y muchos de sus discípulos hacen lo mismo. Pero sólo la concentración es nueva, no la doctrina. Thackeray hace decir a Becky Sharp que es fácil ser moral con mil libras al año y muy difícil serlo con cien. Pero, como en el caso de Shakespeare que antes mencioné, lo importante no es solamente que Thackeray conocía esta doctrina, sino que también sabía exactamente su valor. No sólo se le ocurrió, sino que supo dónde colocarla. Debía hacerlo en una conversación de Becky Sharp, una mujer astuta y no carente de sinceridad, pero que desconocía totalmente las emociones más profundas que hacen que valga la pena vivir. El cinismo de Becky, con Lady Jane y Dobbin para equilibrarlo, tie-ne cierto aire de verdad. El cinismo del Undershaft de Bernard Shaw, presentado con la austeridad de un predicador de campaña, simplemente no resulta verdadero. No es verdad, en absoluto, decir que los pobres son en su conjunto menos sinceros o más serviles que los ricos. La verdad a medias de Becky Sharp se convirtió primero en una locura, después en un credo y, finalmente, en una mentira. En el caso de Thackeray, como en el de Shakespeare, la conclusión que nos concierne es la misma. Lo que llamamos ideas nuevas son, generalmente, fragmentos de las viejas ideas. No es que una idea particular no se le ocurriera a Shakespeare. Es que, simplemente, encontró muchas otras aguardando para quitarles toda la tontería.


Sobre la lectura(1). G.K.Chesterton

Octubre 23, 2006

La mayor utilidad de los grandes maestros de la literatura no es la literaria; está fuera de su soberbio estilo y aun de su inspiración emotiva. La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea puramente moderno. Ser puramente moderno es condenarse a una estrechez final; así como gastar nuestro último dinero terreno en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos pasados está empedrado con méritos modernos. La literatura, clásica y permanente, cumple su mejor misión al recordarnos perpetuamente la vuelta completa de la verdad y al balancear ideas más antiguas con ideas a las cuales, por un momento, podemos estar dispuestos a inclinarnos. El modo como lo hace, sin em-bargo, es lo bastante peculiar como para que valga la pena tratar de comprenderlo.

El hereje (que también es el fanático) no es un hombre que ama demasiado la verdad; nadie puede amar demasiado la verdad. El hereje es un hombre que ama su verdad más que la verdad misma. Prefiere la verdad a medias que él ha descubierto, a la verdad completa que ha encontrado la humanidad. No le gusta ver su pequeña y preciosa paradoja atada con veinte perogrulladas en el paquete de la sabiduría del mundo. A veces, tales innovaciones tienen una sombría sinceridad, como Tolstoi; otras, una sensitiva y femenina elocuencia como Nietzsche y, a veces, un admirable humor, ánimo y espíritu público, como Bernard Shaw. En todos los casos, provocan una pequeña conmoción y tal vez crean una escuela. Pero siempre se comete el mismo error fundamental: se supone que el hombre en cuestión ha descubierto una nueva idea. Pero, en realidad, lo nuevo no es la idea sino la separación de la idea. Es muy probable que la idea misma se encuentre repartida en todos los grandes libros de un carácter más clásico e imparcial, desde Homero y Virgilio a Fielding y Dickens. Se pueden encontrar todas las nuevas ideas en los libros viejos, sólo que allí se las encontrará equilibradas, en el lugar que les corresponde y a veces con otras ideas mejores que las contradicen y las superan. Los grandes escritores no dejaban de lado una moda porque no habían pensado en ello, sino porque habían pensado también en todas las respuestas. En el caso de que esto no resulte claro, tomaré dos ejemplos, ambos en referencia a nociones de moda entre algunos de los teorizadores más imaginativos y jóvenes. Nietzsche, corno todos saben, predicó una doctrina que él y sus discípulos consideraron aparentemente muy revolucionaria; sostuvo que la moral comúnmente altruista había sido la invención de una clase esclava para evitar la emergencia de que tipos superiores la combatan y la dirijan. Los modernos, estén o no de acuerdo con ello, siempre se refieren a esa idea como a algo nuevo y jamás visto. Con calma y persistencia, se supone que los grandes escritores del pasado, digamos Shakespeare, por ejemplo, no sostuvieron esa idea porque jamás se les ocurrió, porque jamás la habían imaginado. Recorramos el último acto de Ricardo III de Shakespeare y encontraremos no sólo todo lo que Nietzsche tenía que decir, resumido en dos líneas, sino también las mismas palabras de Nietzsche. Ricardo el Jorobado dice a sus nobles:         “Conciencia es sólo una palabra que usan los cobardes, creada al principio para infundir terror a los fuertes.”

Como ya he dicho, el hecho es evidente. Shakespeare había pensado en Nietzsche y en el Jefe de la Moralidad; pero le dio su propio valor y lo colocó en el lugar que le corresponde. Este lugar es la boca de un jorobado medio loco en vísperas de la derrota. Esa rabia contra los débiles es sólo posible en un hombre morbosamente valiente pero fundamentalmente enfermo: un hombre como Ricardo, un hombre como Nietzsche. Este caso sólo debía destruir la absurda idea de que estas filosofías son modernas en el sentido de que los grandes hombres del pasado no pensaron en ellas. Pensaron en ellas, sí, sólo que no pensaron demasiado. No se trata de que Shakespeare no viera la idea de Nietzsche; la vio, pero también vio a través de ella.


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Octubre 12, 2006

´Top model´ entre las moléculas

JUAN VALCÁRCEL

LOS DETALLES DE la arquitectura de la proteína que fotocopia el ADN son dignos del mejor Gaudí

Es sencillo apreciar la belleza de un aria de Mozart o la de un gol imposible de Ronaldinho. Nuestros sentidos parecen programados para apreciar la armonía de las notas musicales, la elegancia de los movimientos. ¿Puede existir belleza también en el mundo microscópico de los átomos y moléculas, que son los componentes íntimos de todo lo que existe, desde el combustible que arde en las estrellas hasta el material genético que transmitimos a nuestros hijos? La Academia Sueca ha premiado este año con el premio Nobel de Química un trabajo que desvela la enorme elegancia de la maquinaria que interpreta las instrucciones del ADN, nuestro material genético.

Imagine que es usted responsable del funcionamiento del coche de Fernando Alonso. Su escudería ha generado un grueso manual con instrucciones precisas sobre cómo construir el prototipo, cómo mantenerlo, cómo responder ante todo tipo de eventualidades durante la carrera. Este manual sería equivalente al ADN, que contiene las instrucciones para construir y mantener nuestras células y responder a los cambios de nuestro entorno. Su trabajo como coordinador del equipo es transmitir instrucciones a los mecánicos para que lleven a cabo su trabajo con exquisita precisión en el momento adecuado. Para ello, usted dispone de una fotocopiadora para hacer copias de las páginas del manual que son importantes para el trabajo de cada uno de sus mecánicos, y que usted les pasa para que sepan qué hacer en cada momento. De forma parecida, la célula copia las instrucciones individuales del ADN y las envía a la factoría de la célula. El investigador de la Universidad de Standford Roger Kornberg ha recibido el premio Nobel por haber desvelado cómo una proteína con el pintoresco nombre de polimerasa de ARN fotocopia el ADN para hacer mensajes de ARN, que son las instrucciones que dirigen el trabajo de los mecánicos de la célula.

Los detalles de la arquitectura de esta proteína fotocopiadora son dignos del mejor Gaudí. Los veinte tipos de ladrillos con los que se fabrican las proteínas se combinan armónicamente para formar paredes, columnas, arcos y bóvedas. Pero lejos de ser una construcción estática, la proteína cambia de forma mediante grúas, muelles y resortes que, combinando sabiamente las propiedades eléctricas de sus partes y las mismas fuerzas que separan el agua del aceite, consiguen que ocurra la copia del ADN en ARN. La elegancia y sofisticación del proceso rivaliza con la de las pasarelas de moda. La molécula de ADN entra por el pórtico, sus dos cadenas se abren en el interior de la nave principal y las hebras del ARN producido salen por una puerta lateral. La polimerasa de ARN es una top model entre las moléculas. Siguiendo las tendencias más actuales de las pasarelas, sus medidas – en la escala de las moléculas- no son en absoluto pequeñas.

Si usted ha llegado hasta aquí, probablemente se habrá preguntado: si la polimerasa es la fotocopiadora, ¿quién es usted en la célula, es decir, cómo decide la célula qué páginas del genoma hay que copiar para dar instrucciones precisas en cada momento? La respuesta es que hay otras obras de arte dentro de usted, máquinas mucho más complejas que el coche de Fernando Alonso. Incluso más que los Ferrari. Pero su descripción completa es el trabajo actual de futuros premios Nobel y debe esperar aún algún tiempo.

 JUAN VALCÁRCEL, investigador Icrea en el Centre de Regulació Genòmica de Barcelona.   Diario La Vanguarida