La mejor razón para un resurgimiento de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas, ciertamente, horribles. Será práctico, progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras. Así, derribado por sucesivos golpes de ciega estupidez y destino fortuito, andará a los tumbos hasta su miserable muerte, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que antes catalogué. Todo esto no es más que un simple sustituto para los pensamientos. En algunos casos, son los apéndices y los extremos de los pensamientos de otro. Esto significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo tendrá los restos usados de la filosofía de otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de allí su felicidad. Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: una filosofía completa y consciente o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo, desacreditada. Esos pedacitos son las frases ya citadas: eficacia, evolución, etc. La idea de ser “práctico”, así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sustentarse. Es imposible ser práctico sin ser pragmático. ¿Qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre práctico que encontrásemos y le dijéramos al pobre: “Dónde está tu pragma”? Hacer el trabajo más cercano es una tontería evidente; sin embargo, se la ha repetido en muchos lugares. En nueve de cada diez casos, significaría realizar el trabajo para el cual estamos menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al vigilante en la cabeza. “Hechos, no palabras” guarda en sí mismo un ejemplo excelente de “Palabras, no pensamientos”. Es un hecho arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un prisionero a la horca. Mas, realmente, existen palabras muy fútiles; y esta especie de filosofía periodística y ciencia popular está formada casi enteramente por ellas. Algunos temen que la filosofía los aturda o aburra, porque creen no solamente que es una retahíla de largas palabras, sino que es una maraña de complicadas ideas. A esas personas se les escapa el punto importante de la situación moderna. Ésos son exactamente los males que todavía existen principalmente por falta de una filosofía. Los políticos y los periódicos siempre están usando largas palabras. No es un consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales están complicadas por encima de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los hombres modernos no pueden.
En nuestros días, las cosas más prácticas, tales como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos resignamos a tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas. El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique. Sé que estas palabras podrán recibirse con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es el momento para las tonterías y las paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que se haga presente y aclare el barullo. Y sin duda, aparecerá un hombre práctico; y sin duda, irá y sacará unos cuantos millones para sí y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los otros hombres prácticos. La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona, un tanto burda e inconsciente, siempre agrega a la confusión; porque ella misma tiene dos o tres diferentes motivos al mismo tiempo y no distingue entre ellos. Enredados en su mente, sin esperanza, un hombre tiene: primero, un deseo intenso y humano por el dinero; segundo, un deseo un tanto pedante y superficial de progreso o de marchar al ritmo del mundo; tercero, un profundo disgusto porque lo crean demasiado viejo para estar a la altura de la gente joven; cuarto, un cierto patriotismo o espíritu público, vago mas ge-nuino; quinto, un concepto falso de un error cometido por H. G. Wells, en forma de un libro sobre la evolución.
Continuará.