HELMUT SCHMIDT – 12/12/2004
SÍNTOMAS DE REISLAMIZACIÓN EN TURQUÍA. Sin embargo, parece bastante seguro que Estados Unidos seguirá manteniendo su hegemonía, a pesar de que supuestamente afirmara el regreso a una diplomacia multilateral y a un lenguaje más moderado, aunque hasta el momento no ha habido muchas pruebas de ello. Más segura parece la persistencia de los peligrosos conflictos en Oriente Medio, especialmente con el fundamentalismo islamista. Asimismo, también parece muy clara la persistencia del riesgo de un choque de civilizaciones general entre Occidente y el islam.
Günter Verheugen, que ha dirigido las negociaciones de la UE con Ankara, habla incluso de un posible “desplazamiento de Turquía hacia un islam fundamentalista y antieuropeo” que “perturbaría la seguridad y la estabilidad de toda Europa”. Posibilidad que no se puede descartar por completo. Además, en Anatolia -así como entre ciudadanos turcos que residen en nuestro país- se han registrado síntomas de reislamización y de rechazo a las reformas laicistas que puso en marcha Kemal Ataturk en 1923-24 y a las que el ejército turco se había sometido hasta la fecha.
No obstante, aunque se emplee el posible peligro de la recaída como argumento para el ingreso en la UE, Bruselas tampoco puede asumir la función de garantizar el Estado de derecho, la democracia y la libertad personal en sus estados miembros. Todos los países que han pertenecido a la UE hasta hoy han puesto en práctica estos valores de forma definitiva y por iniciativa propia antes de adherirse a la UE, y nunca con el objetivo de lograr su ingreso en ella.
Cuando Verheugen afirmó que la victoria electoral, dos años atrás, del primer ministro turco Erdogan había “transformado profundamente” la situación interna de Turquía, que hasta el año 2002 se había opuesto a la reforma, carecía de una perspectiva histórica. Teniendo en cuenta el casi medio milenio que duró el imperio otomano bajo las órdenes del sultán y sus grandes visires, ahora no se puede pretender que estos dos años sirvan de garantía para el futuro. Puesto que yo siempre he considerado la estabilidad de Turquía como un objetivo que responde a nuestros intereses, en la década de los años setenta impulsé un programa de ayuda internacional destinada a Ankara. Sin embargo, disponía de buenas razones para rechazar la emigración de otros diez millones más de turcos a Alemania.
Los setenta millones de ciudadanos turcos no viven en Ankara ni en Estambul, ni tampoco en los centros turísticos de la costa, sino que la gran mayoría vive en las zonas rurales de Anatolia. La distancia cultural entre Antolia y las denominadas ciudades turcas es grande, la distancia cultural entre Anatolia y los actuales estados miembros de la UE es extraordinariamente grande, por no mencionar la distancia cultural que existe entre los turcos y buena parte del pueblo kurdo, que hasta hace poco ha sido brutalmente oprimido en la Anatolia oriental, y al que los aliados vencedores de la Primera Guerra Mundial repartieron entre Turquía, Iraq e Irán.
La visión optimista de que una Turquía constituida democráticamente serviría de modelo para otros estados de tradición musulmana y también puente hacia el islam es pura especulación. Y es que en los estados y en los pueblos árabes, incluidos los del Magreb y el Mashrek, no se han olvidado aún los siglos de dominio de los sultanes turcos; y a esto hay que añadir que, desde hace años, la colaboración militar de Turquía con Israel impide, asimismo, tender ese puente tan anhelado. Además, la adhesión turca podría convertirse en precedente para Marruecos, que presentó la solicitud de adhesión hace ya mucho tiempo. ¿Debería después seguirle Argelia? En cualquier caso la UE continuará recibiendo peticiones; en Estados Unidos ya se hace campaña a favor de la adhesión de Ucrania, Georgia y Armenia.
Sin duda, el Gobierno turco y abiertamente islámico que se halla en el poder desde hace dos años persigue con firmeza y tenacidad su adhesión a la UE. Por parte del Consejo Europeo y de la Comisión de la UE, sin embargo, desde finales de los años noventa no se ha vuelto a medir de forma racional el pulso estratégico de la historia, la geografía o la economía. En el caso de que Turquía acabara siendo aceptada, Georgia, Armenia, Irán, Iraq y Siria pasarían a ser vecinos directos de la UE; las complicaciones estratégicas y de política exterior para la Unión resultarían inevitables.
MIEDO A LA INVASIÓN CULTURAL EN LA UE. Desde el punto de vista económico, y a pesar de la existente unión aduanera con la UE, Turquía registra el nivel de vida más bajo cuando se la compara con cualquiera de los demás estados de la UE; de ahí que los gobiernos turcos hayan contado con importantes ayudas financieras de Bruselas. Los diez países que han ingresado en la Unión en el año 2004 han incrementado el número de habitantes en una quinta parte y, sin embargo, el producto nacional común sólo en una vigésima parte. La adhesión de Turquía representaría un crecimiento de la población superior al de la adhesión simultánea de los diez estados de este año; pero el producto nacional turco por habitante equivale de nuevo a una cifra considerablemente baja. Con el ingreso de Turquía y otros estados, la UE se echaría a las espaldas una carga económica y financiera excesiva, aunque en cualquiera de los casos los desengaños futuros serán inevitables.
Dado el elevado índice de natalidad, dentro de dos décadas la población de Turquía habrá ascendido a más de 80 millones. De ahí que los gobiernos de Ankara hayan deseado desde los años setenta que continuara la emigración a Alemania. Hasta la fecha, la sociedad alemana no ha sido capaz de llevar a cabo una verdadera integración de los turcos y kurdos residentes en nuestro país. Algo similar sucede en Francia y en el resto de la UE con los argelinos, marroquíes, malucos o pakistaníes. Por esa razón se ha extendido por casi toda la Unión el miedo a la inmigración incontrolada y a la invasión cultural.
Tales sentimientos de desánimo pueden utilizarse de forma demagógica, especialmente en la antesala de una votación popular como es, por ejemplo, la de la Constitución de la Unión Europea. Y aquellos estrategas que quieren salvar los amenazados sistemas de seguridad social de las naciones europeas mediante una inmigración de elevada natalidad contribuyen a alentar esos oscuros temores de forma involuntaria. Llegar a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea significa disfrutar del derecho a la inmigración ilimitada. En lugar de eso, resulta que es necesario acordar la restricción de la inmigración procedente de otras culturas.
Los dirigentes de las naciones europeas así como los miembros de la Comisión de la UE vigente hasta ahora y de la nueva están a punto de cometer la imprudencia de desbordarnos a todos. El desbordamiento y el exceso de entusiasmo pueden conducir a la destrucción del proyecto centenario de la integración de Europa. Ésta podría quedar, al final, reducida a una simple zona de librecambio.
Monnet y Schuman, Adenauer y de Gaspari, Churchill y De Gaulle fueron hombres de Estado con una visión de futuro extraordinaria y ninguno de ellos quiso extender la integración europea más allá de las fronteras culturales de Europa. En todo caso, sus actuales epígonos deberían saber que sólo si avanzan paso a paso y con cautela podrán esperar que sus naciones quieran acompañarles en el camino.