La Didache

Agosto 14, 2006

La Didache(Didajé) , o Enseñanzas de los Doce Apóstoles, fue escrito entre el año 65 y 80 de la era cristiana e impreso en 1883, diez años después de haber sido encontrado en Macedonia, cerca de Constantinopla. Es considerado como el documento cristiano más antiguo. Da los puntos de vista de los comienzos de la Iglesia y fue altamente apreciado por los Primeros Padres. Son de una gran enseñanza para todos nosotros y a través de ellos pareciera que estamos escuchando a los Apóstoles hablándonos y enseñándonos.

CAPITULO 1

1:1 Hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte, y grande es la diferencia que hay entre estos dos caminos.
1:2 El camino de la vida es éste: Amarás en primer lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tú a otro.

1:3 Y de estos preceptos la enseñanza es ésta:
Bendecid a los que os maldicen y rogad por vuestros enemigos, y ayunad por los que os persiguen. Porque ¿qué gracia hay en que améis a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros amad a los que os odian, y no tengáis enemigos.

1:4 Apártate de los deseos carnales. Si alguno te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele la izquierda, y serás perfecto. Si alguien te fuerza a ir con él durante una milla, acompáñale dos. Si alguien te quita el manto, dale también la túnica. Si alguien te quita lo tuyo, no se lo reclames.

1:5 A todo el que te pida, dale y no le reclames nada, pues el Padre quiere que se dé a todos de sus propios dones. Bienaventurado el que da conforme a este mandamiento, pues éste es inocente. ¡Ay del que recibe! Si recibe porque tiene necesidad, será inocente; pero si recibe sin tener necesidad, tendrá que dar cuenta de por qué recibió y para qué: puesto en prisión, se le examinará sobre lo que hizo, y no saldrá hasta que no devuelva el último cuadrante. 1:6 También está dicho acerca de esto: que tu limosna sude en tus manos hasta que sepas a quién das.

CAPITULO 2

2:1. El segundo mandamiento de la Enseñanza es éste.
2:2 No matarás, no adulterarás, no corromperás a los
menores, no fornicarás, no robarás, no practicarás la
magia o la hechicería, no matarás el hijo en el seno
materno, ni quitarás la vida al recién nacido. No codiciarás los bienes del prójimo.
2:3 No perjurarás, no darás falso testimonio. No calumniarás ni guardarás rencor.
2:4 No serás doble de mente o de lengua, pues la doblez es lazo de muerte.
2:5 Tu palabra no será mentirosa ni vana, sino que la cumplirás por las obras.
2:6 No serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni malvado, ni soberbio. No serás codicioso, o hipócrita, o malicioso ni orgulloso, no escucharás consejos maliciosos contra el prójimo.

2:7 No tramarás planes malvados contra tu prójimo. No odiarás a hombre alguno, sino que a unos los convencerás, por otros rogarás, a otros los amarás más que a tu propia alma.

CAPITULO 3

3:1 Hijo mío, aléjate de todo lo que es malo, y de todo lo que se le parezca.
3:2 No te irrites, porque la furia lleva al asesinato. No seas celoso, querelloso, de temperamento rápido, pues todo esto lleva a matar.

3:3 Hijo mío, no seas carnal, porque la carne lleva a la fornicación, no seas un hablador sucio, no te vanaglories mucho, porque de todas estas cosas sale el adulterio.

3:4 Hijo mío, no seas un observador de presagios o agüeros, no seas un hechicero, ni astrólogo, ni purificador, ni desees ver estas cosas, porque de todo esto nace la idolatría.

3:5 Hijo mío, no seas mentiroso, la mentira lleva al robo, no seas codicioso o engreído, de todas estas cosas surge el robo.

3:6 Hijo mío, no seas un murmurador, ya que lleva a la blasfemia, no seas de mente enferma o voluntad egoísta, porque de todo esto nacen las blasfemias. 3:7 Mas bien sé manso, porque los mansos heredarán la tierra;

3:8 Se sin embargo generoso, ten compasión, no hagas daño, se pacífico, y bueno, y ten temor siempre de las palabras que has escuchado.

3:9 No te exaltarás a ti mismo, ni darás demasiada confidencia a tu alma. Tu alma no se debe unir con las engreídas, sino que debe caminar con las almas justas y humildes.

3:10 Acepta todo lo que te pasa como bueno, sabiendo que sin Dios nada pasa.

CAPITULO 4

4:1 Hijo mío, te acordarás de día y de noche del que te habla la palabra de Dios, y le honrarás como al Señor porque donde se anuncia la majestad del Señor, allí está el Señor.

4:2 Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras.
4:3 No harás cisma, sino que pondrás paz entre los que pelean. Juzgarás rectamente, y no harás distinción de personas para reprender las faltas.

4:4 No andarás con alma dudosa de si sucederá o no sucederá.
4:5 No seas de los que extienden la mano para recibir, pero la retiran para dar.
4:6 Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, da de ello como rescate de tus pecados.
4:7 No vaciles en dar, ni murmurarás mientras das, pues has de saber quién es el buen recompensador de tu limosna.
4:8 No rechazarás al necesitado, sino que tendrás todas las cosas en común con tu hermano, sin decir que nada es tuyo propio; pues si os son comunes los bienes inmortales, cuánto más los mortales.

4:9 Tu mano no se levantará de tu hijo o de tu hija, sino que les enseñarás desde su juventud el temor de Dios.
4:10 No mandarás con aspereza a tu esclavo o a tu esclava que esperan en el mismo Dios que tú, no sea que dejen de temer a Dios que está sobre unos y otros… porque El viene no a llamar de acuerdo a las apariencias, sino a lo que el Espíritu ha preparado. 4:11 Vosotros, los esclavos, someteos a vuestros señores como a imagen de Dios con reverencia y temor…

4:12 Odiarás la hipocresía y todo lo que no es grato a Dios.
4:13 No abandonarás los mandamientos del Señor, sino guardad lo que has recibido, sin agregarle o quitarle;
4:14 En la Iglesia confesarás tus pecados, y no te acercarás a la oración con mala conciencia. Este es el camino de la vida

CAPITULO 5

5:1 El camino de la muerte es éste. Primero de todo, es maligno, y lleno de maldiciones, se encuentran asesinatos, adulterios, concupiscencia, fornicación, robos, idolatrías, brujerías, orgullo, malicia, engreimiento, mal hablados, celos, audacia, orgullo, arrogancia.

5:2 Hay aquellos que acosan al bueno-amantes de la mentira, no conocen la recompensa de la rectitud, no se acercan al juicio bueno y correcto, no miran por lo bueno sino que por lo malo, de quienes la humildad y paciencia están lejos, amando cosas que son vanas, buscando recompensas, no teniendo compasión del necesitado, no trabajando por el que está en problemas, no conociendo al que los hizo, asesinos de niños, corruptores de la imagen de Dios, quienes se alejan de los necesitados y los oprimen más en sus problemas, jueces injustos de los pobres, errando en todas las cosas. De todo esto, hijos, sean librados.

CAPITULO 6

6:1 Ve que nadie te impulse a errar de este camino de la doctrina, porque te aparta de Dios.
6:2 Si tú eres capaz de soportar el yunque del Señor, serás perfecto; pero si no eres capaz, haz lo que seas capaz.
6:3 Referente a la comida, soporta lo que seas capaz, pero ten cuidado con las cosas ofrecidas como sacrificios a los ídolos, porque es el servicio de dioses infernales.

CAPITULO 7

7:1 Y referente al bautismo, bautiza de este modo: habiendo recitado estos preceptos, bautiza en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, en agua viva;

7:2 Pero si no tienes agua corriendo, bautiza en otra agua, y si no puedes bautizar en agua fría, hazlo con agua tibia;

7:3 Pero si no tienes ninguna, echa agua tres veces sobre la cabeza, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

7:4 Y antes del bautismo, el bautizado y el que bautiza debe ayunar previamente, y todos los que puedan. Tu le ordenarás al que esta bautizando que ayune uno o dos días antes.

CAPITULO 8

8:1 Pero no hagas que tu ayuno sea con los hipócritas, porque ellos ayunan en el segundo y quinto día de la semana. Mas bien, ayuna en el cuarto y sexto día.

8:2 No ores como los hipócritas, sino como el Señor lo
ha ordenado en Su evangelio, ora así: Padre Nuestro
que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre,
venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad así en
la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de
cada día, perdona nuestras deudas como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes
caer en tentación y líbranos del mal.
Tuya es la gloria y el poder por siempre.
8:3 Tres veces al día reza de esta manera.

CAPITULO 9

9:1 Referente a la Eucaristía, da gracias de esta manera.
9:2 Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David Tu siervo, la que nos diste a conocer a nosotros por medio de Jesús, Tu siervo. A Ti la gloria por los siglos.

9:3 Luego sobre el trozo de pan: Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús Tu siervo. A Ti la gloria por los siglos.

9:4 Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida Tu Iglesia de los confines de la tierra en Tu reino. Porque Tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por siempre.

9:5 Que nadie coma ni beba de vuestra comida de acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues sobre esto dijo el Señor: No deis lo que es santo a los perros.

CAPITULO 10

10:1 Después de saciaros, da gracias así:
10:2 Te damos gracias, Padre santo, por Tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de Jesús, Tu Hijo, para El sea la gloria por siempre.

10:3 Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre, y diste a los hombres alimento y bebida para su disfrute, para que te dieran gracias. Mas a nosotros nos hiciste el don de un alimento y una bebida espiritual y de la vida eterna por medio de tu Hijo.

10:4 Por sobre todo, te agradecemos que nos puedas salvar; para El sea la gloria por siempre.
10:5 Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu caridad, y congrégala desde los cuatro vientos, santificada, en Tu reino que le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

10:6 Has que venga la gracia, y deja que pase este mundo. Hosana al Hijo de David. Si alguien es santo déjalo venir a la Eucaristía; si no lo es, déjalo que se arrepienta. Amén.

10:7 A los profetas, dejadles dar gracias cuanto quieran.

CAPITULO 11

11:1 Quienquiera que, entonces, venga y te enseñe todas las cosas que se han dicho antes, recíbelo. 11:2 Pero si el mismo maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio, os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.

11:3 Concerniente a los apóstoles y profetas, actúa de acuerdo a la doctrina del Evangelio.
11:4 Deja que cada apóstol que viene a ti sea recibido como al Señor.
11:5 El se quedará un día, y si es necesario, dos, pero si se queda por tres días, él es un falso profeta.
11:6 Cuando el apóstol se vaya no tome nada consigo si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.

11:7 Y no atentarás o discutirás con ningún profeta que hable en el Espíritu, porque todos los pecados serán perdonados, pero este pecado no será perdonado. 11:8 Con todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso.

11:9 Y cada profeta que ordene en el Espíritu que se tienda la mesa, no deberá comer de ella él mismo, si lo hace, es un falso profeta;

11:10 y cada profeta que enseñe la verdad, si no la practica, es un falso profeta;
11:11 y cada profeta, probado como verdadero, y trabajando en el misterio visible de la Iglesia, pero que no enseña a otros a hacer lo que el hace, no debe ser juzgado por ti, porque tiene su juicio con Dios, porque así hicieron los profetas del pasado. 11:12 Pero al que dice en espíritu: Dame dinero, o cualquier otra cosa, no le prestéis oído. En cambio si dice que se dé a otros necesitados, nadie lo juzgue.

CAPITULO 12

12:1 Todo el que viniere en nombre del Señor, recibidle. Luego examinándole le conoceréis por su derecha y por su izquierda, pues tenéis discernimiento, conocimiento de lo bueno y de lo malo 12:2 Si la persona que viene es un peregrino, asístelo en lo que puedas, pero no se debe quedar contigo por más de dos o tres días, al menos haya una necesidad. 12:3 Si quiere quedarse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje para su sustento.

12:4 Si no tiene oficio, proveed según prudencia, de modo que no viva entre vosotros cristiano alguno ocioso.
12:5 Si no quiere aceptar esto, se trata de un traficante de un traficante de Cristo. De ésos mantente lejos.

CAPITULO 13

13:1 Todo auténtico profeta que quiera morar de asiento entre vosotros es digno de su sustento. 13:2 Igualmente, todo auténtico maestro merece también, como el trabajador, su sustento.

13:3 Por tanto, tomarás siempre las primicias de los frutos del lagar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, y las darás como primicias a los profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes. 13:4 Pero si no hay profetas, dalo a los pobres. 13:5 Si haces pan, toma las primicias y dalas conforme al mandato.

13:6 Si abres una jarra de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas.
13:7 De tu dinero, de tu vestido y de todas tus posesiones, toma las primicias, según te pareciere, y dalas conforme al mandato.

CAPITULO 14

14:1 En el día del Señor reunios y romped el pan y haced la Eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro.

14:2 Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado vuestro sacrificio.

14:3 Este es el sacrificio del que dijo el Señor: “En
todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro:
porque yo soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre
es admirable entre las naciones”

CAPITULO 15

15:1 Elegios obispos y diáconos dignos del Señor. hombres mansos, no amantes del dinero, sinceros y probados; porque también ellos os sirven a vosotros en el ministerio de los profetas y maestros.

15:2 No los despreciéis, ya que tienen entre vosotros el mismo honor que los profetas y maestros 15:3 Repréndanse unos a otros, no con ira sino pacíficamente, como lo manda el Evangelio; y, no dejes que nadie hable a nadie que actúe desordenadamente referente al prójimo, ni le dejes escuchar de ti hasta que se arrepienta.

15:4 Que tus oraciones y alma y todas tus obras hagan como lo manda el Evangelio de nuestro Señor.

CAPITULO 16

16:1 Vigilad sobre vuestra vida. No se apaguen vuestras linternas, y no dejen de estar ceñidos vuestros lomos, sino estad preparados, pues no sabéis la hora en que vendrá nuestro Señor.

16:2 Reunios con frecuencia, buscando lo que conviene a vuestras almas, pues de nada os servirá todo el tiempo en que habéis creído si no consumáis vuestra perfección en el último momento.

16:3 En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos, y el amor se convertirá en odio.

16:4 En efecto, al crecer la iniquidad, los hombres se odiarán entre si, y se perseguirán y se traicionarán: entonces aparecerá el extraviador del mundo, como hijo de Dios, y hará señales y prodigios, y la tierra será entregada en sus manos, y cometerá iniquidades como no se han cometido desde siglos.

16:5 Entonces la creación de los hombres entrará en la conflagración de la prueba, y muchos se escandalizarán y perecerán. Pero los que perseveren en su fe serán salvados por el mismo que había sido maldecido.

16:6 Entonces aparecerán las señales auténticas: en primer lugar el signo de la abertura del cielo, luego el del sonido de trompeta, en tercer lugar, la resurrección de los muertos.

16:7 Como está dicho: “Vendrá el Señor y todos los santos con El (Zac 14, 5).
16:8 Entonces el mundo verá al Señor viniendo de entre las nubes del cielo


Los residuos de la leyenda negra

Agosto 14, 2006

La leyenda negra constituye uno de los fenómenos propagandísticos que ha contado con un mayor éxito a lo largo de los siglos. La misma -en sus diversas versiones- consiste en pintar en tonos siniestros el pasado español como una cadena inacabable de muestras de intolerancia y oscurantismo, algunos de cuyos eslabones más destacados serían la expulsión de los judíos y de los musulmanes, la persecución de los disidentes o la opresión de los indígenas americanos. Para no pocos autores -generalmente de origen anglosajón- tales baldones definen supuestamente una manera de ser muy española y apuntan incluso a una vena racista que nos caracteriza de manera lúgubre como pueblo.

Comprensible políticamente en una época en que los piratas ingleses y holandeses asaltaban los galeones españoles que venían de las Indias o en que Gran Bretaña y EEUU deseaban acabar con el imperio español de ultramar, hoy en día la leyenda negra resulta inaceptable no sólo porque determinadas rivalidades nacionales deberían ser cosa del pasado sino, fundamentalmente, porque se asienta sobre una acumulación interesada de tergiversaciones históricas. Permítaseme detenerme al respecto en algunos aspectos concretos.

El primero es el del antisemitismo español. Que la expulsión de los judíos en 1492 -instada por el judío converso Torquemada en contra de la opinión original de los Reyes Católicos- fue un drama de enormes dimensiones es innegable. Sin embargo, jamás puede utilizarse como argumento para cargar sobre España el antisemitismo de toda Europa. Las matanzas de judíos acontecidas en Francia y Alemania en 1096 con ocasión de la primera cruzada carecieron de parangón español y no son pocos los casos, como en vísperas de las Navas de Tolosa, en que los caballeros españoles protegieron a sus compatriotas judíos del antisemitismo de los franceses y demás extranjeros que acudían a España a combatir contra el islam. Tampoco comenzaron en España las disputas antitalmúdicas, sino en Francia en 1240, impulsadas por un judío converso llamado Nicolás Donín. Cuando en 1263 el judío Najmánides se vio inmerso en Barcelona en una controversia semejante gozó de una libertad de argumentación absolutamente impensable para un correligionario suyo al norte de los Pirineos. La acusación vergonzosa de crimen ritual contra los judíos tampoco surgió en España, sino en la inglesa Lincoln, con ocasión de un episodio absolutamente bochornoso, y el primer cargo contra los judíos por profanar una hostia consagrada tampoco se dio en nuestro suelo sino en una localidad cercana a Berlín en 1243. Ni siquiera fue España la primera en expulsar a los judíos. En 1290 se decretó su expulsión total de Inglaterra, en 1306 de Francia aunque había sido precedida por otras parciales, durante el siglo XIII de diversas zonas de Alemania y todavía en 1519 se produjo la expulsión de Ratisbona. Sí hubo empero una diferencia entre estos episodios y el español, la de que los judíos -procedentes en no pocos casos de otros países europeos- la sintieron más porque precisamente en Sefarad habían vivido una edad dorada que no tuvo equivalencia en ningún otro lugar del mundo.

Si es cierto que la política de expulsiones fue terrible, no lo es menos que España no fue la única nación que la llevó a cabo, ni la primera ni tampoco la más cruel. Sí es, hasta donde yo sé, la única que públicamente ha pedido perdón a varios siglos de distancia por esos hechos. Algo muy similar puede decirse en relación con sus tratos con el islam. En una Europa que recibe pacífica y anualmente centenares de miles de musulmanes puede parecer políticamente correcto condenar a la España de la Reconquista, pero semejante conducta constituye un error histórico de bulto. Ha sido precisamente Paul Fregosi, un autor no español, el que ha señalado recientemente en su libro Jihad el peligro que el avance musulmán supuso para Occidente durante siglos. Basta leer las fuentes cristianas y musulmanas del periodo de la Reconquista para percatarse de que la supuesta convivencia entre las tres religiones no pasa de ser un mito y que la situación de las poblaciones sometidas al islam fue extraordinariamente dura. Como ha indicado Fregosi muy acertadamente, sin el papel de naciones como España y, en menor medida, Rusia, Occidente se habría visto anegado ante el impulso de las oleadas de los fundamentalistas islámicos de origen norteafricano o de los turcos. Para los que vivieron esos episodios, los españoles que combatieron defendiendo Viena contra los otomanos, que frenaron a los hombres de la Sublime Puerta en Lepanto o que sofocaron la sublevación de los moriscos de las Alpujarras en connivencia con el avance turco en el Mediterráneo y la conquista de Chipre no eran bárbaros racistas e intolerantes, sino protectores de una cultura que se veía a punto de ser aplastada por la violencia de la media luna.

Sin duda, en la lucha contra el islam se cometieron abusos pero, con todo, no se registraron ni las escenas de barbarie que los cruzados franceses, alemanes o ingleses cometieron en Tierra Santa ni se debieron a un racismo supuestamente característico de los hispanos. Este comportamiento español -desde luego no peor que el de otras naciones europeas de la época- quedó también de manifiesto durante la conquista de América. El 27 de diciembre de 1512, por ejemplo, se promulgaron las Leyes de Burgos, también conocidas como Ordenanzas dadas para el buen regimiento y tratamiento de los indios. A estas normas se añadieron otras cuatro leyes más, dictadas el 28 de julio de 1513 en Valladolid. Con ellas, se intentaba defender a los indígenas de los abusos siguiendo la línea de una pléyade de personajes como Fray Bartolomé de las Casas y se disponía el descanso de 40 días después de cinco meses de trabajo; su alimentación con carne; la prohibición del trabajo de las embarazadas; etc. Estas normas -al igual que otras- se cumplieron mejor o peor según las circunstancias, pero la intención de la Corona española no podía resultar más evidente. Por otro lado, una vez más, se trató de una conducta sin paralelo en otras naciones europeas. William Bradford, uno de los ingleses pertenecientes a los Padres Peregrinos de EEUU, describió, por ejemplo, de manera bastante realista los sentimientos de entusiasmo que el exterminio de los indios que los habían ayudado a sobrevivir a su llegada a América despertó en los colonos diciendo: «Fue una terrible visión contemplarlos friéndose en el fuego y los ríos de sangre que apagaban éste, y lo horrible que eran la peste y el olor que salían; pero la victoria pareció un dulce sacrificio, y dieron la alabanza por ello a Dios, que había actuado de una manera tan maravillosa en su favor, encerrando a sus enemigos en sus manos y dándoles una victoria tan rápida sobre un pueblo tan orgulloso e insolente».

En los siglos siguientes, los anglosajones llevarían a cabo una política consciente de exterminio de las etnias indígenas americanas, política defendida por personajes tan diversos como el autor de El mago de Oz o Theodore Roosevelt. En el curso de ese proceso incluso se realizó el primer ensayo de guerra química al entregar a los indios mantas contaminadas con viruela para que murieran con más rapidez. No debería extrañar, por ello, que, según su propia confesión, Hitler encontrara inspiración para parte de la política nazi contra los judíos en el ejemplo de la mantenida por los norteamericanos contra los indios. En ambos casos se perseguía el exterminio de una raza con fines de expansión territorial y económica y se tenía la convicción de obedecer a un destino providencial y racialmente superior.

Podríamos ampliar los ejemplos para dejar de manifiesto el carácter ahistórico, tendencioso y parcial de la leyenda negra recordando, por ejemplo, que Enrique VIII, padre del cisma anglicano, y su hija María ejecutaron a más protestantes que la Inquisición española o haciendo referencia a regímenes totalitarios de este siglo que ni nacieron ni arraigaron en España. Sin embargo, creo que los casos citados bastan para ilustrar lo afirmado ya. No se trata de ocultar dramas del pasado que no deberíamos olvidar jamás ni tampoco de cerrar los ojos a realidades que resultan incipientemente inquietantes en España y más cuando se observa como se desarrollan en otros países de nuestro entorno. Se trata más bien de ser equilibrados y veraces en los juicios históricos, y de no caer en etnicismos condenadores forjados en el pasado. Sólo esa conducta nos permitirá de manera sensata y democrática abordar las tareas del presente y los retos del futuro.

 


La invención del multiculturalismo

Agosto 14, 2006

«Multiculturalismo» es un concepto relativamente nuevo que no expresa que existan muchas culturas en el mundo ni tampoco que existan muchas en convivencia en un sólo país, sino que fue pensado para referir un Estado-nación democrático cuyo pluralismo debía consistir en promover diferencias étnicas y culturales. Seguramente quien primero lo acuñó fue el Gobierno canadiense para referirse a su nueva política de finales de los años 60. Como comenzó por entonces a plantearse allá la cuestión del Quebec como nación diferente de la canadiense y con pretensiones de separación, el Gobierno se sacó de la manga el término «multicultural» para denotar las tres entidades sociales de la Federación, la anglófona, la francófona y la de los aborígenes (indios, inuits y mestizos de once grupos lingüísticos y unos 35 pueblos diferentes) que serían etnias compartiendo conjuntamente una única nación. Los francófonos se disgustaron del nuevo término porque ellos no veían la cosa así, sino que veían que Canadá era un conjunto de naciones diferentes, y el Quebec, la suya, era otra más y con derecho a constituir un Estado aparte. Sucedió por entonces que el Gobierno canadiense alteraba también su clásica política homogeneizadora de la inmigración, para tratar a los inmigrantes como si fuesen otras etnias más, fomentando institucionalmente ciertas diferenciaciones en razón de cada grupo de inmigrantes.

«Multicultural» fue, en consecuencia, un recurso semántico de un Gobierno con mala conciencia democrática que, para reformular la cuestión del Estado-nación y reorientar las prácticas forzadas de anglo-homogeneización, trataba al conjunto de ciudadanos por bloques o etnias separadas en razón de su origen u horizonte lingüístico y se comprometía a tratarlas como minorías, suponiéndose mayoría la anglófona. La confusión de ese concepto estribaba en sostener que el pluralismo debía crear ciudadanía diferenciada según segmentos, olvidando que es el recurso político de la sociedad libre que busca en la diversidad y el disenso no sólo la ocasión de enriquecer al individuo y también a la sociedad sino, además, la ocasión de hallar un consenso social sobre el que establecer el compromiso democrático, el mismo para todos. Porque dividirse en partes aisladas no es bueno por sí mismo; lo es sólo como modo de jugar un único juego común capaz de incrementar en común los bienes y derechos y de solucionar conflictos aplicando la regla mayoritaria. Aislarse para repartir derechos colectivos más allá de los individuales es imponer constricciones a los ciudadanos y abandonar la inclusividad entre iguales para caminar hacia el privilegio. Resultó así que, en aquella década de los 70, «multiculturalidad» empezó a ser referencia de un estado de cosas relativo a variadas ciudadanías segmentadas por territorio, lengua y hasta cierta peculiar historia que se hallan en un Estado democrático donde hasta a los inmigrantes se les trata en segmentos según su procedencia aunque ellos no lo requieran. El multiculturalismo afloró de inmediato en las aulas universitarias como asunto relativo a unas minorías culturales cuyos derechos no se satisfacían. Estas supuestas minorías fueron de inmediato ampliadas al colectivo de gays y lesbianas, mujeres y hasta discapacitados. La cultura pasó a entenderse sin rigor alguno como un hecho diferencial cualquiera que, por el hecho de serlo, ya exigiría su correspondiente derecho. Fue así como los Estudios Culturales de las universidades americanas se convirtieron en perspectivas ideológicas y políticas de búsqueda de hegemonía frente al sistema para colectivos supuestamente discriminados. A falta de proletariado como motor del cambio sociopolítico, los universitarios encontraron el género y la etnia, un singular dispositivo de repulsa del statu quo.

En lo que concierne a la inmigración, la pregunta que se hacen los multiculturalistas (y sigo aquí escrupulosamente a Will Kymlicka, uno de los más conspicuos y editados) es si deberíamos o no permitir que los inmigrantes recreasen entre nosotros sus propias culturas de origen. La respuesta que dan es que hacerlo así no sería ni incoherente ni imposible y hasta sugieren que los gobiernos podrían darles territorios específicos a los inmigrantes, proporcionándoles recursos y competencias para que creasen su propio gobierno según la pauta cultural de su país de origen. Incluso consideran imaginable y hasta justo estimular que determinadas poblaciones de inmigrantes se vengan a nosotros en calidad de colonos y haya que redistribuir las fronteras y las competencias políticas a fin de que se autogobiernen. Pero en un alarde de realismo, los multiculturalistas ya ven que los inmigrantes no vienen adonde nosotros a ejercer precisamente ese «derecho nacional» y por eso aceptan la integración social de los inmigrantes. Sin embargo tampoco son realistas del todo y no quieren reconocer que los inmigrantes vienen uno a uno a salir individualmente para adelante y a mejorar sus vidas personales y familiares, aunque para ello lleguen a menudo a olvidarse de su tierra y de sus costumbres. Y, con suerte, hasta suelen llegar a desvincularse de un pasado comunitarista a veces bastante opresor y miserable. Pero eso no lo quieren ni oír los multiculturalistas y defienden que el inmigrante es un ser que pertenece (por nacimiento, religión o sexo) a alguna etnia, en consecuencia «minoritaria», y que la sociedad «mayoritaria» debe adaptarse a los inmigrantes de la misma manera que éstos a aquélla. De ahí que divaguen sobre supuestos derechos poliétnicos en función del grupo, como el derecho de los judíos y musulmanes a que se les exima de la legislación acerca del cierre dominical de los comercios o el derecho de los sijs a que se les exima de las leyes relativas al uso del casco para circular en moto o para entrar en el ejército. Su teoría supone que esos grupos se verían en situación de desventaja social caso de no ser eximidos del cumplimiento de la ley.

Como la integración de los inmigrantes es un proceso que requiere tiempo, los multiculturalistas como W. Kymlicka exigen acomodos transitorios de base, al menos los mismos que tradicionalmente se ofrecieron a las minorías etnoculturales, de manera que haya programas de discriminación positiva; que nuestras reglas, estructuras y símbolos institucionales no les pongan a los inmigrantes en desventaja; que se les reserven escaños específicos según los diversos grupos; que se revisen los programas y horarios de las escuelas públicas y de los empleos a fin de acomodarles según sus propias fiestas; que se financien públicamente estudios étnicos de los inmigrantes; que los servicios públicos les sean prestados en su propia lengua materna o que la educación escolar del inmigrante sea en todo bilingüe. En fin, estas medidas las apoyan además en otra idea de tercermundismo políticamente correcto que dice así: «Si la distribución internacional de recursos fuese justa, entonces sería razonable que los inmigrantes no pudiesen reclamar en derecho recrear su cultura societal en su nuevo país. Pero la distribución internacional de recursos no es justa, y hasta que no se resuelva esta injusticia, quizá los inmigrantes de los países pobres deberán poder recrear su cultura societal entre nosotros». Si ya es discutible sostener que el mal que sufren allí no tiene nada que ver con la cultura de los de allí, resulta infantil suponer que, trasplantada aquí, aquella cultura obraría el milagro de mejorarnos a todos.

El proyecto multiculturalista parte, pues, de que la integración del inmigrante debe ser fraguada como un resurgir étnico y de fortalecimiento de la identidad étnica.

 


Artículos de Joseph Ratzinger

Agosto 14, 2006

Joseph Ratzinger, “Fe, verdad, tolerancia”, Alfa y Omega, 11.IX.03
Joseph Ratzinger, “La crisis de la Iglesia, una fe débil”, Zenit, 24.VIII.03
Joseph Ratzinger, “El cristianismo ¿es una religión europea?”, El Corriere della Sera, 3.VII.03
Joseph Ratzinger, “La comprensión de la Eucaristía”, Zenit, 8.IV.03
Joseph Ratzinger, “Sin la Eucaristía la Iglesia se convierte en un museo”, Zenit, 18.III.03
Joseph Ratzinger, “El relativismo, nuevo rostro de la intolerancia”, Zenit, 1.XII.02
Joseph Ratzinger, “El secreto para evangelizar la cultura de la comunicación”, Zenit, 10.XI.02
Joseph Ratzinger, “El Catecismo, manual de instrucciones de la felicidad”, Zenit, 9.X.02
Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios “, L”Osservatore Romano, 6.X.02
Joseph Ratzinger, “La verdad de la belleza y la belleza de la verdad”, Zenit, 21.VIII.02
Joseph Ratzinger, “Sobre algunos aspectos de la teología moral”
Joseph Ratzinger, “El fundamentalismo islámico”
Joseph Ratzinger, “La necesidad del magisterio”, Pamplona, 31.I.98
Joseph Ratzinger, “El Papa sufriente”, X.98
Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, Madrid, 16.II.00
Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.00
Joseph Ratzinger, “Europa, política y religión”, Berlín, 28.XI.00
Joseph Ratzinger, “La nueva evangelización”, Roma, 10.XII.00
Joseph Ratzinger, “Testigos de la luz de Dios”, La Razón, 23.IV.01
Joseph Ratzinger, “Sin Dios, hay demasiados infiernos en esta tierra”, París, 6.IV.01
Joseph Ratzinger, “Católicos, ¿futuro de minoría?”, Alfa y Omega, 27.IX.01
Joseph Ratzinger, “Cristianismo e Islam”, La Repubblica, 1.X.01
Joseph Ratzinger, “La marginación de Dios”, 8.X.01 
Joseph Ratzinger, “La abolición del hombre”, Le Figaro, 17.XI.01
Joseph Ratzinger, “Veinte años en Roma”, Zenit, 23.XI.01
Joseph Ratzinger, “Fe, verdad, tolerancia”, Zenit, 3.III.02
Joseph Ratzinger, “La fe, de tejas abajo”, ABC, 31.III.02


El ingreso de Turquía desbordaría a la UE

Agosto 14, 2006

HELMUT SCHMIDT – 12/12/2004

SÍNTOMAS DE REISLAMIZACIÓN EN TURQUÍA. Sin embargo, parece bastante seguro que Estados Unidos seguirá manteniendo su hegemonía, a pesar de que supuestamente afirmara el regreso a una diplomacia multilateral y a un lenguaje más moderado, aunque hasta el momento no ha habido muchas pruebas de ello. Más segura parece la persistencia de los peligrosos conflictos en Oriente Medio, especialmente con el fundamentalismo islamista. Asimismo, también parece muy clara la persistencia del riesgo de un choque de civilizaciones general entre Occidente y el islam.

Günter Verheugen, que ha dirigido las negociaciones de la UE con Ankara, habla incluso de un posible “desplazamiento de Turquía hacia un islam fundamentalista y antieuropeo” que “perturbaría la seguridad y la estabilidad de toda Europa”. Posibilidad que no se puede descartar por completo. Además, en Anatolia -así como entre ciudadanos turcos que residen en nuestro país- se han registrado síntomas de reislamización y de rechazo a las reformas laicistas que puso en marcha Kemal Ataturk en 1923-24 y a las que el ejército turco se había sometido hasta la fecha.

No obstante, aunque se emplee el posible peligro de la recaída como argumento para el ingreso en la UE, Bruselas tampoco puede asumir la función de garantizar el Estado de derecho, la democracia y la libertad personal en sus estados miembros. Todos los países que han pertenecido a la UE hasta hoy han puesto en práctica estos valores de forma definitiva y por iniciativa propia antes de adherirse a la UE, y nunca con el objetivo de lograr su ingreso en ella.

Cuando Verheugen afirmó que la victoria electoral, dos años atrás, del primer ministro turco Erdogan había “transformado profundamente” la situación interna de Turquía, que hasta el año 2002 se había opuesto a la reforma, carecía de una perspectiva histórica. Teniendo en cuenta el casi medio milenio que duró el imperio otomano bajo las órdenes del sultán y sus grandes visires, ahora no se puede pretender que estos dos años sirvan de garantía para el futuro. Puesto que yo siempre he considerado la estabilidad de Turquía como un objetivo que responde a nuestros intereses, en la década de los años setenta impulsé un programa de ayuda internacional destinada a Ankara. Sin embargo, disponía de buenas razones para rechazar la emigración de otros diez millones más de turcos a Alemania.

Los setenta millones de ciudadanos turcos no viven en Ankara ni en Estambul, ni tampoco en los centros turísticos de la costa, sino que la gran mayoría vive en las zonas rurales de Anatolia. La distancia cultural entre Antolia y las denominadas ciudades turcas es grande, la distancia cultural entre Anatolia y los actuales estados miembros de la UE es extraordinariamente grande, por no mencionar la distancia cultural que existe entre los turcos y buena parte del pueblo kurdo, que hasta hace poco ha sido brutalmente oprimido en la Anatolia oriental, y al que los aliados vencedores de la Primera Guerra Mundial repartieron entre Turquía, Iraq e Irán.

La visión optimista de que una Turquía constituida democráticamente serviría de modelo para otros estados de tradición musulmana y también puente hacia el islam es pura especulación. Y es que en los estados y en los pueblos árabes, incluidos los del Magreb y el Mashrek, no se han olvidado aún los siglos de dominio de los sultanes turcos; y a esto hay que añadir que, desde hace años, la colaboración militar de Turquía con Israel impide, asimismo, tender ese puente tan anhelado. Además, la adhesión turca podría convertirse en precedente para Marruecos, que presentó la solicitud de adhesión hace ya mucho tiempo. ¿Debería después seguirle Argelia? En cualquier caso la UE continuará recibiendo peticiones; en Estados Unidos ya se hace campaña a favor de la adhesión de Ucrania, Georgia y Armenia.

Sin duda, el Gobierno turco y abiertamente islámico que se halla en el poder desde hace dos años persigue con firmeza y tenacidad su adhesión a la UE. Por parte del Consejo Europeo y de la Comisión de la UE, sin embargo, desde finales de los años noventa no se ha vuelto a medir de forma racional el pulso estratégico de la historia, la geografía o la economía. En el caso de que Turquía acabara siendo aceptada, Georgia, Armenia, Irán, Iraq y Siria pasarían a ser vecinos directos de la UE; las complicaciones estratégicas y de política exterior para la Unión resultarían inevitables.

MIEDO A LA INVASIÓN CULTURAL EN LA UE. Desde el punto de vista económico, y a pesar de la existente unión aduanera con la UE, Turquía registra el nivel de vida más bajo cuando se la compara con cualquiera de los demás estados de la UE; de ahí que los gobiernos turcos hayan contado con importantes ayudas financieras de Bruselas. Los diez países que han ingresado en la Unión en el año 2004 han incrementado el número de habitantes en una quinta parte y, sin embargo, el producto nacional común sólo en una vigésima parte. La adhesión de Turquía representaría un crecimiento de la población superior al de la adhesión simultánea de los diez estados de este año; pero el producto nacional turco por habitante equivale de nuevo a una cifra considerablemente baja. Con el ingreso de Turquía y otros estados, la UE se echaría a las espaldas una carga económica y financiera excesiva, aunque en cualquiera de los casos los desengaños futuros serán inevitables.

Dado el elevado índice de natalidad, dentro de dos décadas la población de Turquía habrá ascendido a más de 80 millones. De ahí que los gobiernos de Ankara hayan deseado desde los años setenta que continuara la emigración a Alemania. Hasta la fecha, la sociedad alemana no ha sido capaz de llevar a cabo una verdadera integración de los turcos y kurdos residentes en nuestro país. Algo similar sucede en Francia y en el resto de la UE con los argelinos, marroquíes, malucos o pakistaníes. Por esa razón se ha extendido por casi toda la Unión el miedo a la inmigración incontrolada y a la invasión cultural.

Tales sentimientos de desánimo pueden utilizarse de forma demagógica, especialmente en la antesala de una votación popular como es, por ejemplo, la de la Constitución de la Unión Europea. Y aquellos estrategas que quieren salvar los amenazados sistemas de seguridad social de las naciones europeas mediante una inmigración de elevada natalidad contribuyen a alentar esos oscuros temores de forma involuntaria. Llegar a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea significa disfrutar del derecho a la inmigración ilimitada. En lugar de eso, resulta que es necesario acordar la restricción de la inmigración procedente de otras culturas.

Los dirigentes de las naciones europeas así como los miembros de la Comisión de la UE vigente hasta ahora y de la nueva están a punto de cometer la imprudencia de desbordarnos a todos. El desbordamiento y el exceso de entusiasmo pueden conducir a la destrucción del proyecto centenario de la integración de Europa. Ésta podría quedar, al final, reducida a una simple zona de librecambio.

Monnet y Schuman, Adenauer y de Gaspari, Churchill y De Gaulle fueron hombres de Estado con una visión de futuro extraordinaria y ninguno de ellos quiso extender la integración europea más allá de las fronteras culturales de Europa. En todo caso, sus actuales epígonos deberían saber que sólo si avanzan paso a paso y con cautela podrán esperar que sus naciones quieran acompañarles en el camino.